Los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar. En el Evangelio según Mateo 6: 9-13 y en el Evangelio según Lucas 11: 1-4 se registra que Jesús les respondió con una oración modelo, que no era para rezar, es decir, para repetir una y otra vez como el eco o un perico. Orar es hablar con Dios y con Dios se habla desde el corazón (compare con Mateo 6: 7). La persona tiene que derramar el contenido de su corazón ante el Padre y lo que Jesús quiso destacar es qué es muy importante que anide en nuestros corazones y qué cosas deberían aparecer a menudo en nuestra comunicación con el Padre.
Analicemos, entonces, la oración modelo, versículo por versículo:
“Padre nuestro que estás en los cielos”
El Dios Padre Todopoderoso, creador de todo cuanto existe, está “en los cielos”. ¿Qué significa esto? Génesis 1: 1 dice: “En [el] principio Dios creó los cielos y la tierra”. Dios es un ser eterno que no tiene principio ni fin, pero la Creación tuvo un principio. Cuando la Biblia dice que el Padre está en los cielos quiere significar que está en un lugar altísimo, por encima de todo. Pero este lugar está fuera del universo, pues es donde Dios estaba antes de crearlo. Lo importante es que Dios es el Supremo, el Altísimo sobre todas las cosas. Esto último es lo que tiene que tener muy presente quien ora: a quién se está dirigiendo.
“Santificado sea tu nombre”
¿Santificado? ¿Qué nombre? Vamos por partes. Santo significa limpio y apartado. La santidad o limpieza es una cualidad fundamental de Dios que él mismo cuida muchísimo, pues, si acaso la perdiera, no habría nadie mayor que él para limpiarlo. Es una ley universal que los poderes no pueden ser usados para beneficio propio, sino para favorecer al que es menor. Esto puede verse con claridad en la primera tentación de Jesús por el Diablo. Jesús fue conducido al desierto y ayunó por cuarenta días y cuarenta noches. Una vez que hubo concluido su ayuno sintió hambre. El Tentador le dijo a Jesús: “Si eres hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes”. El pecado no era que comiera, sino que usara sus poderes para satisfacerse a sí mismo. Dicho sea de paso: es evidente que cuando Jesús multiplicó los peces y los panes para alimentar a una multitud, tampoco comió de eso. Cuando oramos a Dios debemos hacerlo a través de Jesús porque somos pecadores y estamos sucios. Si el Cristo se ensucia al tener contacto con los pecadores, el Padre es mayor que él y puede limpiarle (Vea Juan 14: 28). Pero si Dios pierde su santidad no hay nadie mayor que Dios para que pueda limpiarle.
También esto va en contra de la falsa doctrina de la trinidad. El Credo Atanasiano dice: “el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios, y sin embargo no son tres dioses, sino un solo Dios.” (The Catholic Encyclopedia, New York, 1912, tomo XV, página 47)
También Cyclopaedia of Biblical, Theological and Ecclesiastical Literature, New York, 1871, por John M’Clintock y James Strong, tomo II, páginas 560, 561, refiere: “[…] Y en esta Trinidad nadie está antes ni después del otro; nadie es mayor ni menos que el otro. Antes bien, todas las tres personas son coeternas juntas, y coiguales. De modo que en todas las cosas, como ya se ha mencionado, la Unidad en Trinidad y la Trinidad en Unidad ha de adorarse. […]”.
Sin embargo, Jesús dijo: “Asciendo a mi Padre y Padre de ustedes y a mi Dios y Dios de ustedes”. (Juan 20: 17)
También, en la versión Reina-Valera de 1977, se registra que Jesús dijo: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que diga alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero el que la diga contra el Espíritu Santo, no le será perdonado ni en esta época ni en la venidera.” (Si el Espíritu Santo fuera una persona y fuera Dios, este texto sería una contradicción rotunda de la doctrina de la Trinidad, porque significaría que de algún modo el Espíritu Santo sería mayor que el Hijo. Más bien, lo que Jesús dijo muestra que el Padre, a quien pertenecía el “Espíritu” (1) , es mayor que Jesús, el Hijo del Hombre)
¿Qué nombre?
Cuando uno pregunta a la gente cuál es el nombre de Dios muchas personas responden “Jesús”, otras dicen “Señor” y algunas “Dios”. Pero “Señor” y “Dios” son títulos, como “rey” o “presidente”. En Juan 20: 17 ya vimos que Jesús tiene un Dios, él no es Dios de sí mismo. Por lo tanto, Jesús no es nombre de Dios.
En algunas traducciones de la Biblia figura el nombre de Dios en Salmos 83: 18. En otras versiones el mismo salmo está numerado como 82, y el versículo como 19. En la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, el Salmo 83: 18 dice: “para que la gente sepa que tú, cuyo nombre es Jehová, tú solo eres el Altísimo sobre toda la tierra”.
En realidad este nombre personal de Dios aparece por primera vez en Génesis 2: 4 y figura 6.973 veces en toda la Biblia. Originalmente se escribía con cuatro consonantes del alfabeto hebreo: Yod – He – Vau – He, expresión que es conocida como el Tetragrámaton. Este nombre se escribía sin las vocales, que eran añadidas por el lector. Si bien siempre fue tratado con un profundo respeto, era de uso común y muchos sabían su pronunciación correcta. En los días de Jesús todavía estaba en uso y era pronunciado en voz alta por lo menos una vez al año por el sumo sacerdote en el Templo.
Con el tiempo se desarrolló una superstición que exageraba el mandamiento de no pronunciar en vano el nombre de Dios. Todos dejaron de mencionar en voz alta el nombre y la pronunciación fue olvidada. En su lugar, los lectores decían Adonai, “Mi Señor Soberano” o “ha Shem”, “El Nombre”. De estas dos frases hebreas provienen Jehová o Jehovah y Yahvé o Yahveh, respectivamente. Esto pasó porque ciertos copistas de los textos bíblicos añadieron los símbolos vocálicos de “Adonai” y de “ha Shem” al Tetragrámaton, porque de esta forma el lector recordaba que debía sustituir el nombre divino por los eufemismos antecitados (eufemismos, porque ellos consideraban que pronunciar el nombre de Dios en voz alta era pecado). Jehová, Yahvé (y otras formas eruditas menos conocidas) es muy probable que no pronuncien correctamente el nombre. La forma más conocida en castellano es Jehová y aplica exclusivamente al Único Dios Verdadero. Al usar su nombre para honrarlo no hay posibilidad de que la honra sea mal entendida y atribuida a otra persona. Tampoco Jesús se pronuncia así en hebreo y nadie objeta eso.
El Tetragrámaton proviene de un verbo hebreo que significa “llegar a ser”. Da el sentido de “Él Causa que Llegue a Ser” e identifica a Dios como un Ser Supremo que siempre cumple sus promesas y realiza inexorablemente sus propósitos. (Vea Isaías 55: 11)
El nombre de Dios siempre ha conservado en sí mismo su santidad, pero ha sido despreciado por los enemigos de Dios y por quienes tan solo no creen en él. Lo que pide la oración es que el nombre vuelva a ser considerado sagrado por los hombres. Esto se cumplirá cuando el reino de Dios tome el poder sobre toda la tierra y gobierne a la humanidad sobreviviente al Armagedón; especialmente una vez que todos los que deban resucitar en el reino sean reeducados, convertidos y al final del gobierno milenario de Cristo entregados al Padre como sus verdaderos hijos y adoradores.
Venga a nosotros tu reino
¿Qué es un reino? Un reino es el ámbito en donde ejerce poder un rey, un dominio. El rey es la autoridad sobre ese dominio. Y el rey gobierna sobre el territorio y los seres que viven en él. Un reino es un gobierno.
Muchos piensan que las personas van al reino de Dios cuando mueren. Pero, en ese caso, el versículo debería decir: “Déjanos ir a tu reino” o “permite que vayamos a tu reino”. Sin embargo, dice “venga a nosotros”.
¿Por qué y para qué tiene que venir a nosotros el reino de Dios? Esto se responde en el próximo verso.
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo
Un rey gobierna su dominio según su entendimiento y voluntad. Si Jesús nos enseñó a pedir que el reino de Dios haga su voluntad en la tierra así como se hace en el cielo, es porque en la tierra no se hace la voluntad del Rey. Eso es evidente con solo observar el estado calamitoso del mundo; la iniquidad y el desafuero abundan y mucha gente sufre.
Es impensable que un Dios de amor no se conmueva por las enfermedades, las muertes, el hambre, las violaciones, los robos y tantas otras cosas malas que hay sobre este “suelo maldito por tu causa” (Vea, por favor, Génesis 3: 17, 1 Juan 5: 19 y Proverbios 3: 1-6, Isaías 48: 17-18, Deuteronomio 30: 19-20). Fue el hombre quien abandonó a Dios y es quien debe volver a Él.
¿Por qué permitió y sigue permitiendo la maldad Dios? Esta es una pregunta muy importante a la que no daremos respuesta aquí, pero la tiene, y es muy esclarecedora.
Como la rebelión de la primera pareja humana fue en contra del derecho que tiene Dios de gobernar a sus creaciones y todo este desastre que vivimos es la demostración indiscutible de que el gobierno del hombre por el hombre solo puede provocar sufrimiento, los adoradores de Dios deben tener grabado a fuego en sus corazones que únicamente Dios puede gobernar a la humanidad para nuestro bien y pedir con fervor que vuelva a gobernarnos.
El pan nuestro de cada día danos hoy
Es cierto que llevar el alimento a nuestras casas cuesta un esfuerzo cada vez más grande para el trabajador. Esfuerzo que, por otra parte, está especificado en la Biblia como el castigo que Dios le dio a Adán por su insolente, desagradecida y desamorada desobediencia a quien le había dado tantas cosas buenas y de manera gratuita. Tan solo tenía que obedecer un único mandato.
Pero, más allá de su duro trabajo, hay muchas cosas que escapan a nuestro poder. ¿Puede hacer usted que llueva para que los campos produzcan el alimento? ¿Diseñó usted el universo y las leyes físico-químicas que lo gobiernan? ¿Creó a los seres vivos?
La respuesta es obvia. Además, hay que considerar que Dios es la fuente de vida y que si mañana nos levantamos para trabajar no es por decisión propia, ni por poder, ni porque lo merezcamos. Los procesos que hacen que nuestro planeta sea nuestro hogar son maravillosos, todavía esta tierra maldita por el pecado de nuestros primitivos padres contiene cosas que deslumbran. No olvidemos que esta tierra que habitamos es lo que queda de la creación divina, lo que la maldición dejó. Es inimaginable lo que será el paraíso restaurado cuando Dios vuelva a gobernar a la humanidad.
Perdónanos nuestras deudas (o nuestras ofensas, o nuestros pecados), así como nosotros perdonamos a nuestros deudores (o a los que nos ofenden, o a nuestros ofensores)
Si amáramos con plenitud nunca deberíamos pedir perdón. Lea con detenimiento y reflexione en lo que dice Romanos 13: 8-10. Pero fallamos y necesitamos de la misericordia de Dios. Toda falta descubre un amor insuficiente. La Biblia es clara cuando dice:
“8 Si hacemos la declaración: «No tenemos pecado», a nosotros mismos nos estamos extraviando y la verdad no está en nosotros. 9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda injusticia. 10 Si hacemos la declaración: «No hemos pecado», lo estamos haciendo mentiroso a él, y su palabra no está en nosotros.” (Primera de Juan 1: 8-10)
“23 Porque todos han pecado y no alcanzan a la gloria de Dios, 24 y como dádiva gratuita que por su bondad inmerecida se les está declarando justos mediante la liberación por el rescate [pagado] por Cristo Jesús. 25 Dios lo presentó como ofrenda para propiciación mediante fe en su sangre.” (Romanos 3: 23-25)
Necesitamos el perdón y éste es por bondad inmerecida. Por lo tanto, habiendo recibido tanta bondad, deberíamos hacer lo mismo con los que nos ofenden, aún con nuestros enemigos. Y es obligación que lo hagamos.
Amar a nuestros enemigos: Mateo 5: 43-45.
Dejar de juzgar a otros: Lucas 6: 37-38; Mateo 9: 13.
Si somos perdonados, debemos perdonar a otros: Mateo 18: 23-35.
Y no nos dejes caer en la tentación
Santiago 1: 13-15 dice: “13 Al estar bajo prueba, que nadie diga: «Dios me somete a prueba». Porque con cosas malas Dios no puede ser sometido a prueba, ni somete a prueba él mismo a nadie. 14 Más bien, cada uno es probado al ser provocado y cautivado por su propio deseo [o sea, tentado]. 15 Entonces el deseo, cuando se ha hecho fecundo, da a luz al pecado; a su vez, el pecado, cuando se ha realizado, produce la muerte.”
De esta forma, uno cae en la tentación (o no) según su propia decisión y fortaleza interior. Al hombre le fue dado el libre albedrío y Dios respeta a sus creaciones, deja elegir. Pero advierte, enseña, aconseja, explica.
¿Cómo puede ser cierta esta afirmación sin que Dios afecte el libre albedrío del hombre? Si el hombre ama a Dios y a sus justos principios con toda su alma. Cuando el hombre busca la instrucción, la guía de Dios, dedicará tiempo a leer las Escrituras, se esforzará en poner en práctica lo que aprende, cultivará su espiritualidad y, por lo tanto, le será más fácil no caer en tentación, porque será enseñado por el Altísimo en sus caminos. Dios hará derechas sus sendas. Esto es un acto voluntario y no afecta el libre albedrío. Dicho en otras palabras: si el hombre usa su libre albedrío para reconocer que Dios debe guiarle en sus decisiones importantes.
Más líbranos del mal
Este petitorio es similar al anterior. Hoy día, uno se libra del mal en gran forma si se acerca a Dios, lo ama, y cumple o se esfuerza al máximo por observar sus principios morales. Inclusive, está escrito: “Sujétense, por lo tanto, a Dios; pero opónganse al Diablo, y él huirá de ustedes.” - (Santiago 4: 7) Un ser humano fiel a Dios, sin embargo, podría verse envuelto en una guerra (en la injusticia propia de este sistema, mientras dure), o en un desastre natural, y sufrir males aún estando cerca de Dios. Si acaso muriera, para eso está la resurrección en el reino de Dios. La liberación del mal será completa cuando el reino ejerza poder total sobre la tierra. Por eso, cuando se pide que nos libre del mal también se está rogando por la venida del reino.
Cuando el reino de Dios destruya definitivamente a Satanás y sus demonios, en unos mil años en el futuro, esa liberación será mayúscula. Inclusive, durante el gobierno milenario de Cristo sobre la humanidad, el Diablo estará abismado con sus ángeles y no podrán hacer daño a los hombres.
(1)El cisma entre la Iglesia Católica Apostólica y Romana y la Iglesia Ortodoxa Griega se produjo cuando la primera quiso hacer provenir el espíritu santo tanto del Padre como del Hijo, mientras que la segunda se mantuvo firme en que provenía solamente del Padre. De cualquier forma, el que se perdone la blasfemia contra uno y no contra otro indica inequívocamente desigualdad.
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