miércoles, 24 de marzo de 2021

¿Por qué y para qué murió Jesús?

 

Vimos que Dios advirtió amorosamente a Adán  que no debía comer el fruto de cierto árbol en el centro del jardín; algo que no necesitaban, porque había alimento bueno y en abundancia. Al rebelarse contra Dios, la primera pareja humana no solo sufrió una condena ineludible a muerte sino que, para reforzar lo hecho, se desconectaron de su fuente de vida. Todo lo que había en Adán estaba muerto aunque todavía viviera. Además,  nosotros heredamos la muerte adámica porque fuimos hechos con una simiente condenada a la destrucción. No habíamos nacido cuando Adán pecó y después él estaba muerto por condena divina. Por consiguiente, cualquier cosa que saliera de él compartía el mismo fin.

 

Ahora, ¿por qué murió Jesucristo y para qué?

Dios tenía un propósito para la humanidad y ese deseo divino era bueno. Además, los hijos de Adán no se habían decidido por sí mismos a cometer pecado y en eso eran inocentes. Adán no había tenido descendencia cuando pecó. Si moría dentro de un día terrestre, la humanidad no nacía. Para cumplir con su buen propósito, Dios pospuso la condena de Adán y la humanidad pudo nacer, pero con la muerte heredada, porque estaba hecha con material condenado por Dios.

Los designios de Dios jamás cambian. Dios no se equivoca.  Había que encontrar una manera de revertir la muerte de los hijos de Adán sin deshacer lo ocurrido.

 

De eso se trataba. Los propósitos de Dios no cambian y siempre llegan a ser, como lo indica el propio nombre de Dios: el Tetragrámaton significa “Él Causa que Llegue a Ser” y lo identifica con quien siempre cumple con sus designios. Jehová debía idear  una secuencia de actos que comprara o rescatara la vida perfecta de Adán para su prole (no para él) y así darles la posibilidad de poder vivir otra vez “conectados” a Dios, sin envejecer ni enfermar. Así, con el tiempo llegarían a recuperar la condición de perfección y, por lo tanto, de hijos de Dios (Dios no tiene hijos imperfectos). La rebelión de Satanás y la primera pareja humana cambió el escenario e introdujo algo que Dios no quería en su Creación. Para cumplir su propósito sin alteraciones Dios tuvo que actuar para encaminar las cosas hacia donde debían ir.

Ahora bien, si había que comprar o rescatar la vida de Adán para su prole, la justicia obliga a pagar el precio exacto por lo que se desea comprar. Adán era un hombre perfecto y valía lo mismo que otro hombre perfecto. Pero toda la descendencia de Adán estaba sumida en la imperfección, la degradación y la muerte. Dicho de otra manera, si era justo pagar una vida humana perfecta por otra de igual condición, toda la humanidad junta no alcanzaba el valor de lo que se debía. Mucho menos el sacrificio de animales.

Hebreos 10: “Porque, puesto que la Ley tiene una sombra de las buenas cosas por venir, pero no la sustancia misma de las cosas, nunca pueden [los hombres] con los mismos sacrificios que ofrecen continuamente de año en año perfeccionar a los que se acercan. 2 De otro modo, ¿no habrían dejado de ofrecerse los [sacrificios], por cuanto los que rendían servicio sagrado, habiendo sido limpiados una vez para siempre, no tendrían ya ninguna conciencia de pecados? 3 Al contrario, por estos sacrificios se hace recordar los pecados de año en año, 4 porque no es posible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados.” (¿Entiende, ahora, lo que significa “ojo por ojo y diente por diente”?)

Era necesario proveer otro hombre perfecto, un segundo o último Adán (Vea, por favor, 1 Corintios 15: 45-47; 15: 22).

 

Pero, ¿cómo conectar jurídicamente el sacrificio de un hombre perfecto con el rescate de los hijos caídos de Adán? Creando un marco jurídico, una ley. Dios mismo escribió las tablas de la Ley que le dio a Moisés y, posteriormente, Moisés escribió por inspiración unas seiscientas leyes reglamentarias que conformaron la Ley en su conjunto. El estudio de todas las funciones que cumplió este conjunto de normas es extenso y demasiado profundo como para desarrollarlo aquí. Por ahora es necesario decir tres cosas:

1) Ningún hombre imperfecto podía cumplirla a cabalidad (1 Juan 1: 8; Romanos 5: 12; Romanos 3: 22-23). Ese incumplimiento parcial lo hacía infractor de toda la ley (Santiago 2: 10-11) y lo condenaba a muerte, algo que no agregaba nada al futuro del hombre, porque ya estaba muerto en Adán. Sin embargo, esta imposibilidad conllevaba dos efectos muy deseables para la salvación del hombre:

a) Apuntaba a que los hombres se dieran cuenta de que necesitaban un Redentor.

b) A los hombres de buen corazón, que se esforzaran por cumplirla, les daría una vida más digna y menos dañina para los demás.

 2) La Ley prometía la vida sin perspectiva de muerte a quien cumpliera con todos sus mandatos.  (Romanos 10: 5: “Porque Moisés escribe que el hombre que ha cumplido la justicia de la Ley vivirá por ella.”)

3) Si alguien moría injustamente habiendo cumplido toda la Ley, generaba una deuda de vida para con esa persona. Esa deuda, justamente, sería la que permitiría comprar la vida de Adán que su prole había perdido por culpa de su padre.

 

Jesús jamás pecó, ni con el pensamiento. Fue la única persona que cumplió cabalmente la Ley y se hizo acreedor a la vida de duración indefinida, aún para siempre. Al ser sacrificado como el peor de los criminales, la injusticia del acto provocó una deuda que resultó del mismo valor que lo que se había perdido.

Esta salvación está disponible para cualquier persona que ejerza fe en él y en el que lo envió. En el Reino de Dios, que viene, se liberará a la humanidad obediente de la imperfección, la enfermedad y la muerte. La humanidad obediente vivirá por siempre en la tierra convertida en un paraíso de paz y abundancia, como siempre debió ser.


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