¿Está superpoblado el mundo?
Depende de lo que queramos hacer
con él. Actualmente viven sobre la tierra 7.982.687.000 personas. Algo que
deben satisfacer esas personas es alimentarse adecuadamente para estar sanos y
productivos. La industria alimentaria produce para saciar a 10.000 millones de
personas, pero el sistema comercial del mundo hace que se tiren los alimentos
de 3 mil millones de personas, por diferentes motivos. Sin embargo, el mayor
problema no reside en esto, sino en que el 80% de la comida del mundo se
reparte entre el 20% de la población. No es un problema de escasez de comida,
sino de distribución equitativa. Además, la FAO publicó, hace ya unos cuantos
años, quizás cuarenta o más, que el uso racional de las tierras productivas del
mundo (y sin mediar ninguna revolución tecnológica) podía proveer alimentos
para 40 mil millones de seres humanos. El 10 de diciembre de 1974 se completó
un estudio de seguridad nacional realizado por el Consejo Nacional de
Seguridad, liderado en ese entonces por Henry Kissinger. Se lo conoce como
NSSM-200, cuyas cuatro letras abrevian su título: Memorando de Estudio de
Seguridad Nacional 200: Implicaciones del Crecimiento de la Población Mundial
para la Seguridad de EE.UU. e intereses de ultramar (National Security Study
Memorandum 200: Implications of Worldwide Population Growth for U.S. Security
and Overseas Interests). Este
documento fue clasificado en su origen y se hizo público en junio de 1989.
Todavía hoy ejerce una influencia muy importante en la política exterior de
Estados Unidos de América. Es extenso y dice muchas cosas, pero en este tema concluye
que el crecimiento poblacional del tercer mundo es contrario a la seguridad e
intereses de EEUU, pues las riquezas mineras y los insumos que necesita
decrecerían y serían insuficientes si estas sociedades en desarrollo crecieran
demográficamente, pues esto obligaría a que se industrializaran y usaran
materias primas que, de otra forma, EEUU recibiría.
Desde hace mucho tiempo se ha tratado de frenar el crecimiento
demográfico: esterilización de hombres y mujeres, control de la natalidad,
fomento de la homosexualidad y de la lucha de género, etc. Hasta ahora ha
resultado un fracaso, de modo que se ha escuchado decir a Robert McNamara
(1916-2009), ex Secretario de Defensa de Estados Unidos de América (1961-1968),
ex Presidente del Banco Mundial (1968-1981):
“Hay que hacer tomar las medidas para la reducción demográfica del
globo terráqueo, aún en contra de la voluntad de sus respectivas poblaciones.
La reducción del índice de la natalidad ha sido un fracaso. Por eso tenemos que
aumentar la tasa de mortalidad por medios naturales, por el hambre y por la
inoculación de todo tipo de enfermedades.”
No habría superpoblación mundial hasta llegar a cinco veces la cantidad
de habitantes actual (y esto sin considerar la recuperación de desiertos) si se
abandonaran los intereses egoístas y terriblemente injustos que producen hambre
e inseguridad, si la sociedad se organizara para el bien común y cuidando el
delicado equilibrio que se necesita para no arruinar la tierra. ¿A qué me
refiero?
El cultivo industrial intensivo produce un gasto energético que no es
inferior a 800 Kw/h por hectárea, solamente para fertilizar los campos. A esto
hay que agregar el costo energético por riego y el transporte de las cosechas.
Pero no solo por el gasto de combustible de tractores, cosechadoras y camiones.
También la industria que fabrica esas máquinas consume energía y agua. La
mayoría de la generación mundial de electricidad se produce en centrales
termoeléctricas, que contaminan el ambiente de varias maneras.
Una solución sería cambiar la producción mundial de alimentos a una
explotación familiar, como fue durante mucho tiempo. Campos más chicos, bordeados
por hileras de palo santo y canteros de piretro, que reemplazarían el uso de
una gran cantidad de insecticidas. Los fertilizantes industriales suelen
regenerar ácido sulfúrico en el suelo, que termina agotándolo en el mediano o
largo plazo. Esto es algo que no hacen los de origen natural. Una familia que explote
una pequeña finca podría encontrar maneras de generar fertilizantes naturales
hasta de su propia basura, algo que se conoce desde hace mucho tiempo.
Uno de los problemas graves del mundo es la existencia de dinero. Los
seres humanos no trabajan para obtener alimentos, vestimenta y utensilios, sino
que se afanan para poseer papeles pintados para canjear por estos y otros objetos
necesarios. Esto no solo aumenta el gasto energético; también incrementa
innecesariamente el consumo de materias primas, muchas de ellas no renovables.
En Argentina, la industria automotriz necesita vender no menos de 90 mil
vehículos cada año. Si no hacen esto los obreros no comen y los accionistas
tampoco. En esta y otras industrias se ha creado el concepto de “obsolescencia
programada”, los bienes fabricados no deben durar mucho tiempo; cuanto menos,
mejor.
El reciclado de papel, por ejemplo, no puede pasar del 20-30% del total consumido, porque la industria del papel colapsaría.
Esta bola de nieve creciente arrasa con todas las materias primas,
gasta una energía que pone en peligro la existencia de la vida en la tierra y
genera una descomunal cantidad de basura. En los últimos cuarenta años se ha
acumulado más basura que en toda la historia de la humanidad. La industrialización
de los alimentos da cuenta, también, de una gran cantidad de envases, papeles
de distintos tipos y cajones, pallets, zunchos, cubiertas plásticas, etc.
Recuerdo que, cuando era un niño de seis años, el azúcar, la harina, los
fideos, las galletitas y muchos otros alimentos se vendían “sueltos”, en bolsas
de papel. El papel sirve de fertilizante y es biodegradable, los plásticos no.
Imagine que, de alguna manera, el dinero deja de ser necesario y que
las familias abandonan las ciudades para habitar fincas en el campo, donde
obtendrán la mayoría de sus alimentos. Hacer esto desde el interior del sistema
es una utopía impracticable. Todo se organizó en ciudades, con existencia de
medios de pago y no educando para que
sepan obtener el alimento por sí mismos. En cualquier ciudad grande del mundo,
si las bloqueáramos, cortáramos el agua, la electricidad y el gas, los alimentos se
agotarían en doce horas y nadie sabría qué hacer; excepto salir desesperados a la
calle a saquear y atacarse unos a otros.
Pero sería algo diferente si se pudiera cambiar el sistema de raíz, en
un corto tiempo. Aquí entra Dios y el Reino de Dios. La voluntad de Dios no era
que el hombre se gobernara a sí mismo, decidiendo autónomamente qué le conviene
y qué no. La capacidad de la mente del hombre no da para eso. Aún con la mejor
de las intenciones, nadie que sea humano puede sopesar todas las variables, y
los datos que de ellas se obtengan, para predecir las consecuencias de nuestras
elecciones. El Dios Todopoderoso, Creador de todo cuanto hay, sí sabe cómo
funcionan las cosas y puede anticipar infaliblemente lo que cualquier acción
produzca como consecuencia. Los hombres podemos a escala humana. Un ingeniero
naval tiene capacidad para proyectar un barco y otros ingenieros y obreros
especializados para construirlo. También otros hombres son hábiles para adquirir
experiencia e idoneidad para conducir una nave con seguridad a donde quieran. Nadie
pondría a un perro a cargo del timón, ni a la toma de decisiones; tampoco a un
chimpancé. El perro entiende del universo lo que el universo tiene de perro, el
chimpancé lo que el mundo tiene de chimpancé y el hombre lo que el todo tiene
de hombre. Dios es superior a todo y en la Creación hay cosas que son
superiores al hombre, que nunca la mente del hombre podrá comprender cabalmente
y hasta hay cosas que ni podemos imaginar. Por eso, la libertad del hombre está
limitada a su condición de hombre y cada uno es capaz de hacer hasta donde le
alcanza su propia naturaleza y no más allá. Además, el hombre puede prever las
consecuencias de algunos de sus actos, no de todos. Por eso, el profeta
Jeremías escribió, inspirado por Dios: “Bien sé yo, oh Jehová, que al hombre
terrestre no le pertenece su camino. No pertenece al hombre que está andando
siquiera dirigir su paso”. – Jeremías 10: 23. El mismo Dios Todopoderoso, inspiró a Isaías a
escribir: “”Esto es lo que ha dicho Jehová, tu Recomprador, el Santo de Israel:
«Yo, Jehová, soy tu Dios, Aquel que te enseña para que te beneficies a ti
mismo, Aquel que te hace pisar en el camino en que debes andar. 18 ¡Oh, si
realmente prestaras atención a mis mandamientos! Entonces tu paz llegaría a ser
justamente como un río, y tu justicia como las olas del mar. 19 Y tu prole
llegaría a ser justamente como la arena, y los descendientes de tus entrañas
como los granos de ella. El nombre de uno no sería cortado, ni sería aniquilado
de delante de mí»”. –Isaías 48: 17-19.
Tampoco era la voluntad de Dios que el hombre construyera ciudades. Él
quería que la familia humana se esparciera por toda la tierra y viviera en paz
en un mundo sin fronteras, sin ejércitos y sin guerras.
Lo que sería un imposible para nosotros, es tan fácil como decirlo para
Dios. Acaso, ¿no dijo Dios “Hágase la luz” y la luz se hizo? ¿Quién de nosotros
puede decirle a la luz que exista o que deje de existir?
El Reino de Dios tomará el poder total sobre la tierra dentro de poco
tiempo, triturará a todos los reinos humanos del mundo (Daniel 2: 44) y
arruinará a todos los que están arruinando la tierra (Apocalipsis 11: 18).
Entonces habrá vivienda y alimento para todos; paz entre los hombres y con los animales,
paz con los elementos (no habrá desastres naturales); salud cabal y
rejuvenecimiento por tiempo indefinido, aún para siempre; resurrección de todos
los muertos que no fueron condenados por Dios; no habrá contaminación; toda la
tierra será un jardín cultivado lleno de hermosura, para bien de todos.
¿Le gustaría saber más? Puede hacer cuatro cosas:
1) Solicitar un estudio bíblico guiado (actualmente por Zoom o presencial, en el lugar que elija).
2) Pedir que le envíe publicaciones al respecto, como archivos PDF o,
en algunos casos, libros o revistas en papel, a todo color.
3) Visitar jw.org, página en más de 1.000 idiomas, y buscar los temas que le interesen.
4) Ignorar todo y hacerse cargo de lo que le suceda en el final. (Aún así, hasta el último minuto Dios puede escuchar una súplica genuina (*) y perdonar)
(*) Una súplica genuina es aquella que se hace desde el corazón, con intención de cambiar de conducta. No podemos engañar a Dios. Todavía estamos en "el día de buena voluntad de Dios" y debemos esforzarnos por ser como a Dios le gusta. Cuando llegue el día de juicio, una súplica honesta y sincera puede salvarnos la vida, porque Él no se complace con la muerte de nadie; está deseando que volvamos a él para que sobrevivamos (+). Lo que no debemos hacer es especular con la misericordia de Dios y darla por sentada. Aquel que se permita vivir como le parece y pedir perdón a los gritos un minuto antes de la sentencia, no sobrevivirá. El perdón es para el arrepentido que se esforzó por cambiar y no pudo. Si trabajó honestamente para eso y no salió bien, por motivos que Dios comprende mejor que nadie, tiene una posibilidad de pedir indulgencia y recibir una oportunidad en el Reino de Dios.
(+) ‘“Tan ciertamente como que yo estoy vivo —es la expresión del Señor Soberano Jehová—, no me deleito en la muerte del inicuo, sino en que alguien inicuo se vuelva de su camino y realmente siga viviendo. Vuélvanse, vuélvanse de sus malos caminos, pues, ¿por qué deberían morir, oh casa de Israel?”’. Ezequiel 33: 11 - Traducción del Nuevo Mundo.
21 Hallo, pues, esta ley en el caso mío: que cuando deseo hacer lo que es correcto, lo que es malo está presente conmigo. 22 Verdaderamente me deleito en la ley de Dios conforme al hombre que soy por dentro, 23 pero contemplo en mis miembros otra ley que guerrea contra la ley de mi mente y que me conduce cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 24 ¡Hombre desdichado que soy! ¿Quién me librará del cuerpo que está padeciendo esta muerte? 25 ¡Gracias a Dios mediante Jesucristo nuestro Señor! Así pues, con [mi] mente yo mismo soy esclavo a la ley de Dios, pero con [mi] carne a la ley del pecado. Romanos 7: 21-15 - Traducción del Nuevo Mundo.
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