Existe alguna incertidumbre con respecto al aspecto que tendrán las personas que resuciten de entre los muertos justamente porque Jesús no se levantó con la misma apariencia que sus allegados conocían. María Magdalena lo confundió con un jardinero hasta que le escuchó hablar (Juan 20: 1-18).
Pero, ¿es esto algo que podrá ser frecuente entre los resucitados? ¿Es conveniente que sea así?
Mi padre y mi madre se durmieron en la muerte. Si ellos resucitaran y yo estuviera allí para recibirlos, a mí me gustaría que ellos fueran físicamente reconocibles; que fueran el padre y la madre que están en mis recuerdos, los que me acompañaron y guiaron para que creciera para bien. Si mi padre se viera como Paul Newman o Domingo Faustino Sarmiento, aunque tuviera la misma personalidad que le conocí a él, no sería del todo mi padre. Podría acostumbrarme con el paso del tiempo, pero no sería el padre de mis recuerdos.
Para poder resolver este enigma hay que encontrar la razón por la que Jesús no se vio tal como era cuando fue levantado por Dios.
Todo comenzó con un hombre perfecto llamado Adán. Él tenía plenitud física y moral, por eso era un hombre perfecto, sin defecto. Jehová Dios le dio una compañera de igual condición a la suya y ambos fueron colocados en un hermoso jardín, con abundancia de alimentos y paz con todos los animales y el planeta que los contenía (no había desastres naturales ni ninguna otra desgracia). La única regla que debían cumplir era no tocar el fruto de un árbol en el centro del jardín, porque el día en que lo hicieran, morirían. Sin embargo, aunque no necesitaban para nada comer de ese fruto, desobedecieron a Dios y fueron condenados a morir. Ahora bien, Adán y Eva todavía no habían tenido descendencia al momento de pecar. Que llenaran la tierra era un propósito divino y un mandato que habían recibido. Los propósitos de Dios siempre se cumplen (Isaías 55: 11; Génesis 1: 3). De modo que Dios los condenó a muerte como había anticipado, pero les dio tiempo para que tuvieran hijos e hijas. La consecuencia desgraciada de la desobediencia fue que la prole de Adán heredó la muerte de su padre, porque fueron concebidos con simiente condenada, moribunda. Aunque vivo, todo en Adán estaba muerto, porque los designios de Dios son inexorables.
Que la humanidad muriera no era el propósito de Dios, de manera que él hizo que esto fuera revertido. Se hizo necesario un rescate para la descendencia de Adán, que no había pecado a la manera de su padre. (Romanos 5: 1-18). Un hombre perfecto debía aparecer y su vida dada a cambio de la vida perdida de Adán en sus hijos. De hecho, todos los hijos de Adán eran hombres imperfectos y los animales valen menos que un humano imperfecto; no había con qué pagar la vida del hombre perfecto que se había perdido en sus hijos. (Los sacrificios ofrecidos bajo la Ley en el Israel antiguo apuntaban a que los hombres se dieran cuenta de ello. –Hebreos 10: 1-4)
La justicia exigía OJO POR OJO, mano por mano, vida por vida (Éxodo 21: 23-25; Levítico 24:20; Deuteronomio 19: 21), pero además era necesario establecer un marco legal que justificara el rescate de los hijos de Adán. La Ley condenaba a muerte a quien incumpliera uno solo de sus mandatos y lo hacía transgresor de toda la Ley (Santiago 2: 10-11). Morir por transgredir la Ley no agregaba nada nuevo, puesto que todos los hombres venían muriendo desde el pecado de Adán. Pero la Ley prometía la vida a quien la cumpliera totalmente (Romanos 10: 5; Levítico 18: 5; Gálatas 3: 12). Ningún ser humano pudo observar la Ley sin una falla, a excepción de Jesús de Nazaret, el segundo Adán, el hombre perfecto que proveyó Jehová para que oficiara, de una vez para siempre, como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Otra cosa que tenemos que entender es qué era Jesús. En el principio, Jehová Dios Todopoderoso creó un ser espiritual muy poderoso, pero no tanto como Dios. Fue la única creación directa de Dios. Se la conoce como el Hijo Unigénito de Dios, El Logos, La Palabra, el Arcángel, Miguel y otro nombre, que no está registrado, que Dios le dio después de la muerte de Jesús. Todas las demás creaciones de Dios fueron hechas con la participación de su Hijo Unigénito, como obrero maestro de su Padre y Dios (Proverbios 8: 22-31; Juan 20: 17).
Cuando Dios le explica sus arreglos judiciales para llegar a cumplir sus propósitos, el Hijo acepta por amor a su Padre y a nosotros. Llegado el tiempo oportuno, el Hijo Unigénito dejó de existir y su energía de vida transferida a la matriz de María, para que ella quedara encinta de un hombre perfecto, a la manera de un segundo Adán.
Este hombre perfecto tuvo infancia, juventud y madurez. Una vez adquirida esta última, cuando tenía como treinta años, fue bautizado por su primo Juan en el río Jordán y Jehová lo reconoció como Hijo. El bautismo marcó el comienzo de la obra para la cual había sido enviado. Hasta el momento de su bautismo jamás cometió un pecado, ni con el pensamiento, y él tenía vislumbres de su existencia anterior como el Primogénito de Dios y jefe de todos los ángeles. Con el bautismo, él tuvo conciencia plena de su pasado y de lo que debía suceder para que llegara a rescatar a la humanidad. Pero Jesús no era un hombre-dios, ni Dios hecho hombre, como algunos se equivocan en creer y enseñar. Adán fue nada más que un hombre perfecto, hasta que se rebeló contra Dios y perdió su condición. Para recomprar la vida de Adán en sus hijos un hombre-dios hubiera sido un precio excesivo, no conforme a justicia.
Los tres años y medio en los que Jesús llevó a cabo su ministerio fueron tiempos de pruebas y sacrificios en los que fue perseguido, torturado, injuriado, incomprendido, despreciado y asesinado, como el peor de los criminales, sin haber cometido la más mínima falta. Cuando Jesús murió, toda su vida anterior había sido sin tacha. De esta manera, Dios le debía por Ley una vida por tiempo indefinido, aún para siempre. Con la muerte de este hombre perfecto pudo comprarse la vida perdida de la prole de Adán.
El hombre Jesús no podía resucitar como tal, porque esto hubiera anulado su sacrificio de rescate. Pero sí se podía levantar el espíritu que le dio vida. Este espíritu tuvo que cumplir un período de purificación de cuarenta días aquí, en la tierra, y cuando hizo falta que llegara a sus hermanos lo hizo materializando otros cuerpos. Cuando ascendió al Cielo volvió como el ser espiritual que había sido al principio: el Hijo Unigénito de Dios, el Arcángel, el jefe de todos los ángeles. Pero Dios le dio un puesto de mayor poder y un nombre que es acorde a su nueva naturaleza: él ya no puede morir y tampoco necesita a Dios para vivir. Este privilegio no lo tienen los demás ángeles y, sin embargo, también lo tienen los 144 mil hermanos menores del Cristo que irán al Cielo (1 Corintios 15: 45-50; Apocalipsis 7: 4) a gobernar con él la tierra y a restaurar todas las cosas. El Rey y sus 144 mil co-reyes y co-sacerdotes tienen memoria completa de sus vivencias anteriores como seres humanos.
Si bien, en un sentido estricto, Jesús el hombre no resucitó (su carne), sí lo hizo el Cristo, el Ungido para ser rey. Aunque un espíritu poderoso, tiene todas las sensaciones, emociones y una memoria perpetua de lo que fue como hombre. Como dice la Palabra: “aprendió la obediencia” (Hebreos 5: 7-10). Aparte de su inmenso amor por nosotros, la justicia de su reinado nos está garantizada porque él conoce por propia experiencia todos nuestros gozos y dolores. Podemos decir que es Jesucristo resucitado porque en su personalidad de Arcángel está también la esencia de lo que el hombre Jesús fue.