Cuando era joven vi una película en el cine, se
llamaba “Love Story”. En ella, una pareja concuerda en que “amar es nunca tener
que pedir perdón”. Es una afirmación profunda y romántica, que encierra una
verdad que vale la pena analizar. Yo conecto esta frase con un pensamiento de
Piterbarg: “Si no
se ama no se puede juzgar. Nuestro clamor de justicia encubre un amor
insuficiente”.
¿Por qué la injusticia del mundo esconde un amor insuficiente? La Biblia
responde:
“8 No deban a nadie ni una sola cosa, salvo el amarse unos a otros; porque
el que ama a su semejante ha cumplido [la] ley. 9 Porque el [código]: “No debes
cometer adulterio, No debes asesinar, No debes hurtar, No debes codiciar”, y
cualquier otro mandamiento que haya, se resume en esta palabra, a saber:
“Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo”. 10 El amor no obra mal al
prójimo; por lo tanto, el amor es el cumplimiento de la ley.” (Carta a los
Romanos, Capítulo 13, versículos 8 al 10; Traducción del Nuevo Mundo)
Indudablemente, si amamos al que tenemos en frente, no le haremos daño;
pero hay que entender bien qué significa amar. Muchas personas confunden querer
con amar y no son la misma cosa. Querer es para uno, amar es para el otro. El
que quiere pide; el que ama da. El mismísimo Señor Jesús de Nazaret, el hombre
más grande de todos los tiempos, enseñó: “Hay más felicidad en dar
que en recibir”. (Hechos 20: 35)
La
mayoría de nosotros pide y da, si recibe; pocos dan por iniciativa propia y sin
esperar nada. Debajo del cielo, el amor más parecido al ideal del Cristianismo
es el de la mayoría de las madres. Una madre no da lo que le sobra a sus hijos.
La felicidad de una madre consiste en ver a sus hijos bien, prosperando y
felices. Su felicidad es la de sus hijos; no importa cuántas privaciones o
postergaciones conlleve.
Es
notable que los padres puedan practicar el amor altruista y abnegado con sus
hijos, pero que no podamos hacer lo mismo con los demás. Ya vimos que es por
falta de amor por el prójimo. No nos conocemos, y no se puede amar a lo que no
se conoce. El mundo está hipercomunicado, pero la soledad de los seres humanos
es inmensa.
¿Qué
involucra conductualmente el amor verdadero?
“13 Si hablo en las lenguas
de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, he venido a ser un [pedazo
de] bronce sonante o un címbalo estruendoso. 2 Y si
tengo el don de profetizar y estoy enterado de todos los secretos sagrados y de
todo el conocimiento, y si tengo toda la fe como para trasladar montañas, pero
no tengo amor, nada soy. 3 Y si doy todos mis bienes
para alimentar a otros, y si entrego mi cuerpo, para jactarme, pero no tengo
amor, de nada absolutamente me aprovecha.
4 El amor es
sufrido y bondadoso. El amor no es celoso, no se vanagloria, no se hincha, 5 no
se porta indecentemente, no busca sus propios intereses, no se siente
provocado. No lleva cuenta del daño. 6 No se regocija
por la injusticia, sino que se regocija con la verdad. 7 Todas
las cosas las soporta, todas las cree, todas las espera, todas las aguanta.
8 El amor nunca
falla. […]” (Primera Carta a los Corintios: 13: 1-8, misma traducción)
El único ser humano que nunca tuvo que pedir perdón a nadie fue nuestro
Señor, Jesús. Todos los demás fallamos y no alcanzamos a la gloria de Dios. (1
Juan 1: 8-10; Romanos 7:22)
Mientras los seres humanos son indiferentes con el sufrimiento ajeno o dan
lo que les sobra para ayudar a los carenciados, Dios y su Hijo cedieron lo más
preciado para rescatar a los hijos de Adán, que padecen por culpa de las
acciones de su padre en el principio.
Nosotros, los hijos de Adán, penamos también por nuestras propias malas
acciones, pero un hombre que se mantuviera limpio de todo pecado, si existiera,
envejecería, enfermaría y terminaría muriendo porque en su carne está la
condena que Adán recibió. Cuando Adán pecó y fue sentenciado todavía no había
tenido hijos. Los hijos que vinieron después fueron concebidos con una simiente
destinada a destrucción, con la muerte a plazo fijo. Hacía falta comprar la
vida perfecta que el hombre perfecto Adán perdió con su transgresión, y una
vida vale otra vida. Hacía falta que un hombre perfecto diera su vida a favor
de la humanidad enferma y agonizante, con la muerte esperándoles. Pero no había
ninguno, todos eran hijos imperfectos.
En su sabiduría e inmenso amor, Jehová Dios Todopoderoso concibió un plan
magistral para llevar la Creación caída a su estado original. Enterado del
plan, el Hijo Unigénito de Dios se ofreció como víctima sacrificial por amor a
su Padre y Dios y también por amor a nosotros. El Arcángel, el ser más
importante y poderoso de todos los que son menos que Dios, dejó de existir y su
energía de vida transferida por Dios a la matriz de una virgen judía. Así nació
como un hombre perfecto, un segundo Adán. Con anterioridad, Jehová había creado
un marco jurídico que hiciera posible el rescate: fundamentalmente, la Ley que
Moisés transcribió. En ese marco, y sin haber cometido la menor falta, murió
injustamente y con un sufrimiento atroz. La Ley obligaba a dar la vida perfecta
a quien pudiera cumplirla cabalmente. Esa deuda fue la que permitió el rescate
de la humanidad que ejerciera fe en el sacrificio.
Jehová Dios Todopoderoso no dio la ropa vieja para caridad, sino a su Hijo,
su Único. De igual manera, el Hijo entregó su vida. No fue una limosna. La
entrega de los dos fue total, era imposible dar más. La más grande
manifestación de amor que se pueda concebir, y cuando no lo merecíamos. (Romanos
5: 6-8)
Vuelto al Cielo, el Hijo, ya no hombre, pero con la experiencia de haber
sufrido y vivido como un ser humano, quedó capacitado para ser el Rey nombrado
por Dios para gobernar en su nombre a toda la tierra.
Ese reino, por el que muchos piden en el Padrenuestro sin saber muy bien de
qué se trata, viene a gobernar pronto y a restaurar el amor y la justicia en
“este valle de lágrimas”. El rey nombrado, cuando todavía era un hombre, dijo:
“Quien conmigo no es, contra mí es, y el que conmigo no junta, desparrama”.
Estamos aún en el día de buena voluntad de Dios, no desaproveche la
oportunidad de beneficiarse con el sublime sacrificio antes de que la puerta se
cierre.