Algunas personas malinterpretan lo escrito en el libro bíblico del Génesis, cuando dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Piensan que Dios tiene forma humana. La Biblia dice que Dios es un espíritu (Juan 4: 24: “Dios es un espíritu, y los que lo adoran tienen que adorarlo con espíritu y con verdad”). ¿Qué es un espíritu?
En la Biblia, la palabra griega que se traduce espíritu es “pnéu.ma”, que significa “respirar o soplar” (de esta expresión se deriva neumático, que en el uso pasado del castellano se escribía también con una letra “p” inicial). Se cree que la voz hebrea “rú.aj” (espíritu) procede de una raíz de igual significado. Por eso, el concepto primario de rú.aj o pnéu.ma es “aliento”. En la Biblia se ha usado la palabra rú.aj con otros significados: el viento; la fuerza vital de las criaturas; el espíritu del hombre; espíritus, incluidos Dios y sus criaturas angélicas, y la fuerza activa de Dios o espíritu santo. Todos estos significados tienen en común que hacen referencia a algo que es invisible a la vista humana y que da muestras de fuerza en acción. Tal fuerza invisible es capaz de producir efectos visibles.
Otro término hebreo, “nescha.máh” (Génesis 2: 7), también significa “aliento”, pero con un sentido más limitado que el de rú.aj. La palabra griega “pno.é” parece tener una extensión limitada similar (Hechos 17:25), y en la Versión de los Setenta se utilizó para traducir nescha.máh.
Dios no tiene forma humana; la semejanza del hombre con Dios debe ser en lo que no se ve.
Las cualidades fundamentales de Dios son: amor (1ª de Juan 4: 8, 16), sabiduría (Proverbios 2: 6; Romanos 11: 33), justicia (Deuteronomio 32: 4), y poder (Job 37: 23). Un hombre cabal refleja esas cualidades de Dios, aunque de manera limitada, a escala humana.
¿Por qué Dios es invisible para nosotros?
Porque, si lo viéramos, moriríamos (Éxodo 33: 20). Imagine: Génesis 1: 1 dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. ¿Puede mirar directamente al sol sin perder la vista? Si la energía que contiene el Ser que creó todo el universo se manifestara completamente en este universo, todo estaría fundido como lava, a más de cinco mil grados centígrados. ¡Gracias a Dios que no lo vemos!
Pero podemos conocer a Dios leyendo su Palabra, la Biblia, y meditando acerca de lo que observamos de su Creación: “18 Así es, la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda irreverencia e injusticia de los hombres que de un modo injusto dificultan el progreso de la verdad, 19 pues lo que puede conocerse de Dios lo tienen claramente a la vista, ya que Dios se lo ha mostrado con claridad. 20 Porque sus cualidades invisibles —su poder eterno y divinidad— se ven claramente desde la creación del mundo, pues se perciben por las cosas creadas, de modo que ellos no tienen excusa.” (Romanos 1: 18-20)
Dios es un ser eterno, que no tiene origen ni fin (Salmos 90: 2; vea, también, el versículo 4 y Apocalipsis 10: 6). Es auto suficiente, no necesita nada. Todo lo que creó no lo hizo por necesidad, sino por amor.
Antes de comenzar a crear, Él estuvo solo en un lugar que la Biblia denomina cielo o cielos; pero ese sitio no está en el universo, que todavía no había creado.
Su primera creación fue un ser espiritual que la Biblia llama “el Hijo Unigénito de Dios”. Como Jehová Dios es amor, le dio un propósito a su Hijo: ser el Obrero Maestro de Dios, partícipe de todas sus creaciones posteriores. Esto puede verse con mucha claridad en Colosenses 1: 15-17: “15 Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación; 16 porque por medio de él todo lo demás fue creado en los cielos y en la tierra, las cosas visibles y las cosas invisibles, ya sean tronos, dominios, gobiernos o autoridades. Todo lo demás ha sido creado mediante él y para él. 17 Además, él existe desde antes que todo lo demás, y por medio de él se hizo que existiera todo lo demás,”.
Los ángeles y todas sus jerarquías son considerados, de igual forma, Hijos de Dios; también Adán y su esposa Eva (aunque posteriormente perdieron esa condición), pero el Hijo Unigénito es la única creación exclusiva de Dios, sin intervención de nadie. Los demás hijos de Dios fueron creados por Jehová, pero con la participación de su Obrero Maestro. Por este hecho, el Hijo es el único Arcángel, el jefe de todos los ángeles, en obediencia a Dios. Si la Creación fuera un navío, Jehová, el Padre, sería su capitán, y el Hijo Unigénito, su primer oficial.
Dicho sea, de paso, que es falsa la Base para ser miembro del Concilio Mundial de Iglesias, cuando dice que el Padre y el Hijo son coeternos y coiguales, de igual gloria y poder, ya que el Hijo tuvo principio y Dios no. Esa es la primera diferencia específica entre ambos. Además, el Padre es Dios y Señor del Hijo, el Padre es Todopoderoso, pero el Hijo es solamente Poderoso. (En Génesis 17: 1 se aplica a Jehová Dios la expresión hebrea “’El Shad.dái”, “Dios Todopoderoso”; en Isaías 9: 6, se llama proféticamente al Hijo “’El Guib.bóhr”, “Dios Poderoso”; esto no se refiere al hombre perfecto Jesús de Nazaret, sino al espíritu que ascendió al Padre cuarenta días después de la resurrección, que asumió como rey el día que va desde la puesta del Sol del 4 de octubre de 1914 a la puesta ocurrida el 5 de octubre del mismo año, según nuestra manera de medir el tiempo).
¿Por qué Cristo fue nombrado rey, aquí, en la tierra?
El Padre, Jehová, es el gobernante universal, pero no puede relacionarse directamente con la humanidad pecadora. Esto es debido a la santidad de Dios: si estuviera en contacto con los pecadores podría perder esa condición y no habría nadie mayor que Él para limpiarle. ¿Por qué debería limpiarle alguien mayor? Porque los poderes no pueden ser usados para beneficio propio, siempre van desde uno que es mayor a otro que es menor. Jehová puede santificar a otros, pero no a sí mismo. Esto se ve en la primera tentación de Jesús por el Diablo. Jesús había ayunado por cuarenta días y cuarenta noches; una vez cumplido el ayuno, sintió hambre y el Tentador fue a él y dijo: “3 […] “Si eres hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. 4 Pero Jesús le respondió: “Está escrito: ‘No solo de pan debe vivir el hombre’.” (Lucas 4: 3-4). Era lícito que Jesús comiera, pero no usando los poderes que Dios le dio. Además, de haber aceptado impulsivamente el desafío de Satanás, hubiese sido por un acto inapropiado de orgullo y arrogancia. Pero él era humilde de corazón y no tenía que demostrar nada, excepto cumplir con la voluntad de su Padre y Dios (Juan 20: 17). Dios ama a los humildes.
La rebelión iniciada por Satanás (y seguida por la primera pareja humana) había trastocado todo. Adán y Eva terminaron condenados a muerte, la tierra maldita, al igual que la humanidad que provino después y que recibió la degradación y la muerte como una herencia adámica. Esta herencia no es en sentido genético, sino judicial.
La palabra de Dios es una potencia, se cumple siempre y nada ni nadie puede evitar que ocurra lo que Dios se propone. (Isaías 55: 11 dice: “así será la palabra que sale de mi boca. No volverá a mí sin resultados; sin falta hará lo que yo deseo y cumplirá con éxito lo que la envío a hacer.”) El propósito de Dios era que Adán y Eva vivieran para siempre en perfecta salud, con juventud de duración indefinida y rodeados de su descendencia en un entorno paradisíaco de abundancia y paz. Esto era algo amoroso y muy bueno de parte de Dios para la humanidad. Entonces, Adán peca voluntariamente y renuncia a Dios, su fuente de vida; así, comienza a morir. Cuando Dios llama a comparecer a los rebeldes les anuncia las consecuencias y también la solución para la descendencia de Adán (la descendencia de la mujer es el Rey del Reino de Dios, que vendría a solucionar los daños causados por la rebelión. Génesis, capítulo 3, versículos 14 al 18). La prole de Adán todavía no era y, por lo tanto, no había decidido por sí misma pecar contra Dios, sino que tuvo que soportar la condena de su padre. ¿Por qué? Porque cuando Dios condena a muerte a Adán todo lo que lo conformaba recibió la sentencia, incluida su simiente. La humanidad, que nació después, fue hecha con material condenado a muerte. Dicho de otra forma, los demás hombres recibieron la muerte de su padre en las mismas células de las que se desarrollaron, porque la palabra de Dios siempre se cumple y, aunque vivo como para ser padre, Adán tenía una muerte inexorable en su propia carne. En la mente de Dios se gestó un plan completo para cumplir su propósito en el mismo momento en que juzgó a los transgresores. Había que deshacer las consecuencias de la rebelión.
La muerte de Adán era inapelable, Dios no se equivoca y cuando decide algo no cambia de parecer. Entonces, ¿cómo podía Dios quitar la muerte con que habían sido concebidos los demás seres humanos? Había que comprar la vida perdida de Adán, que estaba en sus hijos, conforme a justicia, pagando un precio justo. Adán era un hombre perfecto, pero perdió esa perfección por rebelión y todos sus hijos fueron también imperfectos por lo que ya se explicó. ¿Cuánto vale la vida de un hombre? La vida de otro hombre equivalente a él (ojo por ojo, diente por diente, alma por alma – Deuteronomio 19: 21). Sin embargo, después de Adán no hubo nadie perfecto como para pagar el precio justo; mucho menos valor tenían los sacrificios de animales y tampoco la suma de los sacrificios de muchos hombres imperfectos llegaba a completar lo que valía Adán antes de pecar. (Hebreos 10: 1-4; Hebreos 9: 11-12, 22-28 y contexto; 1 Corintios 15: 20-22). Hacía falta un hombre perfecto para pagar el precio. Pero también era necesario un marco legal que justificara el pago de un rescate.
Cuando Dios le dio a Moisés la Ley, ésta tenía una promesa de vida para quien la cumpliera cabalmente: “Porque Moisés escribe que el hombre que ha cumplido la justicia de la Ley vivirá por ella.” (Romanos 10: 5. Es una cita de Levítico 18:5). Pero también la misma Ley condenaba a muerte a quien incumpliera uno solo de sus estatutos. Dios le comunicó a su Hijo Unigénito lo que pensaba hacer para salvar a la descendencia de Adán y el Hijo aceptó por amor a su Padre y por amor a nosotros. El Arcángel dejó de ser y su vida fue transferida a la matriz de una virgen judía; allí creció como un hombre perfecto, un segundo Adán (1 Corintios 15: 45-47)
Durante toda su vida, Jesús no pecó ni siquiera con el pensamiento. Al llegar el tiempo de su sacrificio, fue probado como ningún otro hombre jamás. Fue azotado, injuriado, difamado, escupido, perseguido y traicionado; sufrió una muerte lenta, de un padecimiento atroz, clavado a un madero de tormento. Cuando entregó su vida, el pecado no había estado en él. Entonces, por Ley, Dios le debía la vida.
La vida del hombre perfecto Jesús fue dada a favor de los hijos de Adán que ejercieran fe en él y en quien lo envió. Jesús dejó de ser. Aunque fue el primogénito de los muertos (el primer resucitado para no morir jamás) no volvió a ser el hombre que era, sino que estuvo esperando el período de purificación de cuarenta días para subir a la presencia del Padre. Durante ese lapso se presentó como hombre a sus discípulos y estos no lo reconocieron por su aspecto físico, sino hasta que él se manifestó según sus dichos y actos, porque Jesús había sido sacrificado como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1: 29). Cuando ascendió al Padre, no lo hizo en la carne, sino en espíritu, porque “carne y sangre no pueden heredar el reino de Dios” (1 Corintios 50). Una vez en el cielo volvió a ser el Arcángel, pero Dios lo premió con algo nuevo: la inmortalidad. No solo no puede morir, sino que no necesita a Dios para vivir. Esta condición, que no es compartida por los demás ángeles, sí la reciben por herencia los hermanos menores de Cristo que van a reinar con él en el cielo como cogobernantes y cosacerdotes, a saber: 144 mil hombres y mujeres que van en espíritu a reinar con Cristo (Apocalipsis 14:3). Estos espíritus que fueron hombres y mujeres aquí, en la tierra, conservan recuerdos de su existencia anterior, al igual que el rey, que sufrió en su carne todas las sensaciones, emociones y sentimientos que puede experimentar un ser humano. De manera que pueden comprender a cabalidad a los hombres y gobernar así con justicia y misericordia a la humanidad, para restaurar todas las cosas.
Es un ejemplo de la grandiosidad del amor de Jehová y de su Hijo, su Único:
“16Porque
tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que
ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna. 17 Porque
Dios no envió a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo, sino para que el
mundo se salve.” (Juan 3: 16)
“6 Porque, de hecho, Cristo, mientras todavía éramos débiles, murió por impíos al tiempo señalado. 7 Porque apenas muere alguien por un [hombre] justo; en realidad, por el [hombre] bueno, quizás, alguien hasta se atreva a morir. 8 Pero Dios recomienda su propio amor a nosotros en que, mientras todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5: 6-8)